Diana
—Siéntate en mi regazo —dijo suave—. Me ayudará a sentir mejor tu verdad.
Solo dudé un segundo antes de obedecer. Me bajé sobre sus muslos, espalda contra su pecho. Su sotana era lo bastante fina para que sintiera el calor de su cuerpo al instante. Sus manos se posaron en mi cintura, sujetándome firme.
—Cuéntame otra vez lo que hiciste anoche después de que te fueras —susurró contra mi oreja.
Me mordí el labio.
—Tocarme, padre. No podía dejar de pensar en su mano en mi cara. Me froté el