Diana
Me senté en la pequeña cabina del confesonario, el corazón latiéndome tan rápido que lo oía en los oídos. La madera fina entre nosotros parecía demasiado delgada, como si no pudiera ocultar la vergüenza que me salía a chorros.
—Padre, he pecado —susurré. Mi voz temblaba—. Me siento tan perdida. Vacía. Cada noche no duermo pensando en cosas que no debería querer. Tocándome pensando en cosas que me queman de culpa.
Su voz llegó baja y firme, como aceite tibio deslizándose por mi piel.
—Cu