Aquella noche, nadie en las familias Montenegro y Gómez pudo dormir.
Los Gómez solo pensaban en minimizar el escándalo; al fin y al cabo, ninguna de esas familias de la élite tenía las manos limpias. La propia Carmen Gómez se había encargado personalmente de un par de amantes en el pasado, así que justificaba la terrible conducta de Isabela como un simple exceso de radicalismo.
Además, argumentaba, Isabela ya había pagado un precio: el hijo que esperaba había muerto por culpa de aquello, e inclu