Mientras yo no puedo siquiera tragar mi saliva, los dos hombres Cappelletti, comen frente a mí como si nada hubiese pasado. Mi jefe, no pareciera que me hubiese besado al punto que casi termino siendo suya y el pequeño no muestra perturbación después de marcharse por un bebé inexistente.
Si hay algo que debo aplaudir de los hombres Cappelletti, es la facilidad con la que superan las cosas que a una persona normal, le costaría largas horas de preocupación. Pero, ellos se ven tan tranquilos, que