Mundo ficciónIniciar sesióncapitulo 7: El diagnóstico.
Oliver confundido y lleno de furia pregunto.
—Secretaria, ¿la señora Soler ha anunciado su llegada en la recepción del edificio? —preguntó, con una voz tan gélida que hizo temblar a la mujer al otro lado de la línea.
—No, señor Rossi. Hemos verificado con la seguridad del vestíbulo principal y no hay registro de su entrada. Tampoco se ha comunicado nadie de su equipo de apoderados.
Oliver cortó la comunicación sin responder. Una sonrisa amarga y peligrosa comenzó a dibujarse en la comisura de sus labios. Así que Emma había decidido jugar al escondite de nuevo. Pensaba que por estar del brazo de Jacob, el hermano que se había criado lejos del entorno de la casta Rossi, gozaba de una protección divina que la inmunizaba contra sus amenazas. Pensaba que podía ignorar sus advertencias como lo había hecho durante más de dos mil días en Europa.
—Tú lo quisiste así, Emma —murmuró Oliver para sí mismo, la furia contenida haciendo que sus nudillos se tornaran blancos al apoyarse sobre el escritorio.
Abrió el cajón inferior de su escritorio, un compartimento oculto con cerradura biométrica, y extrajo una carpeta de cuero marrón. En su interior reposaba un documento antiguo, con los sellos notariales aún intactos y las firmas de dos estudiantes de leyes que alguna vez creyeron que podían desafiar las reglas del mundo: su acta de matrimonio original. Tomó su teléfono celular, buscó el contacto de Jacob y colocó el dedo sobre el botón de llamada. Estaba dispuesto a destruir la perfecta mentira de su hermano antes del almuerzo, tal y como lo había prometido.
En el hospital, el tiempo parecía haberse congelado en una dimensión dolorosa. Habían pasado casi dos horas cuando las puertas de la sala de trauma se abrieron finalmente. Una mujer joven, vestida con una bata blanca impecable y un estetoscopio colgando de su cuello, avanzó hacia la sala de espera. Su placa de identificación brillaba bajo la luz del pasillo: Dra. Samantha Hidalgo, Especialista en Cardiología.
Emma y Jacob se pusieron en pie de un salto, acercándose a ella con una urgencia que no requería palabras.
—¿Cómo está mi hija, doctora? ¿Qué tiene? —preguntó Emma, aferrándose al brazo de la médica con desesperación.
La Dra. Samantha Hidalgo miró a Emma y luego a Jacob, evaluando la tensión en la pareja. Su expresión era seria, desprovista de la ligereza habitual de quien da un diagnóstico rutinario.
—Hemos logrado estabilizarla —comenzó la doctora, provocando un suspiro de alivio simultáneo en la pareja—. Su frecuencia cardíaca ha bajado a niveles seguros gracias a los medicamentos intravenosos y le hemos colocado asistencia de oxígeno. Ya no está en peligro inmediato de muerte, pero lo que hemos encontrado en el ecocardiograma de urgencia es sumamente preocupante.
—¿De qué se trata, doctora? No nos oculte nada, por favor —intervino Jacob, dando un paso al frente, asumiendo su rol protector.
La Dra. Samantha exhaló un suspiro pesado, cruzando los brazos sobre su carpeta de registros médicos.
—La pequeña Luna padece una afección estructural severa en el músculo cardíaco. Específicamente, una miocardiopatía de origen genético. Las paredes de su ventrículo izquierdo están anormalmente engrosadas, lo que dificulta que el corazón bombee sangre de manera eficiente al resto del cuerpo. Esto es lo que provocó el edema pulmonar y la crisis respiratoria de esta mañana.
Emma sintió que el aire se volvía de plomo en sus pulmones.
—¿Miocardiopatía? Pero... pero eso es imposible. En mi familia nadie ha tenido jamás un problema del corazón. Mi padre murió de una enfermedad completamente distinta, y mi madre gozó de una salud cardíaca perfecta. ¡Tiene que ser un error!
La doctora Hidalgo negó con la cabeza con suavidad, manteniendo una firmeza profesional.
—No es un error, señora Soler. Este tipo de miocardiopatía es una enfermedad hereditaria autosómica dominante. No se salta generaciones de esa manera sin dejar rastro. Si usted no la padece, significa de manera matemática e irrefutable que el gen mutado proviene directamente del padre biológico de la niña. El padre debe tener esta misma condición, o al menos ser portador directo de la anomalía en su historial clínico familiar.
Un silencio sepulcral, espeso como el fango, cayó sobre el pasillo del hospital.
Jacob frunció el ceño, una extraña expresión de confusión comenzando a invadir sus facciones castañas. Miró a Emma, esperando ver en ella la misma duda, pero lo que encontró en el rostro de su prometida lo dejó paralizado.
Emma se había quedado completamente lívida. Sus ojos estaban fijos en el vacío, abiertos de par en par por un terror que iba mucho más allá de la preocupación médica. Su mano, que aún sostenía el brazo de Jacob, comenzó a temblar de manera tan violenta que tuvo que soltarlo.
En su mente, las palabras de la doctora chocaron como un rayo contra un recuerdo enterrado. Siete años atrás, en los primeros meses de su matrimonio por contrato, Oliver Rossi solía despertarse a mitad de la noche, con el pecho cubierto de sudor, buscando con desesperación unas pastillas específicas que guardaba en el cajón de su mesa de noche. Emma recordaba haber leído una vez el frasco médico cuando él no la veía: medicamentos para el control de la presión y la contractilidad miocárdica. Recordaba que Oliver, en una de sus pocas noches de vulnerabilidad inducida por el alcohol, le había confesado con amargura que su padre lo consideraba "inestable" no solo por su temperamento, sino porque cargaba con una "maldición en la sangre" que disminuía su valor ante la junta directiva.
*Una miocardiopatía.* La misma enfermedad que Oliver padecía en secreto. La misma enfermedad que el viejo Rossi había utilizado para condicionar su herencia a través de la cláusula de moralidad. La herencia que Luna llevaba en las venas.
—Emma... —la voz de Jacob la trajo de vuelta a la realidad. Su tono ya no era dulce; era bajo, denso, cargado de una sospecha que comenzaba a germinar en su mente limpia— ¿Por qué te has puesto así? Tú... tú conoces al padre de Luna, ¿verdad? Dijiste que fue un estudiante extranjero en París, alguien que desapareció antes de que supieras que estabas embarazada... ¿Él tenía problemas del corazón?
Emma miró a Jacob, sintiendo que la telaraña mortal de Oliver se cerraba definitivamente sobre su cuello. No podía decírselo. Si confesaba que el padre de Luna tenía esa enfermedad, Jacob no tardaría en conectar los puntos de la historia médica de su propia familia, de ese hermano mayor con el que compartía la sangre de Lucía Franca.
—Yo... yo no lo sé, Jacob —mintió Emma, con la voz quebrada, las lágrimas traicioneras brotando de nuevo—. Fue hace tanto tiempo... yo no conocía su historial médico.
La Dra. Samantha, ajena por completo al drama familiar que se gestaba frente a ella, interrumpió la tensión con un tono urgente.
—Sea como sea, necesitamos el historial clínico del padre biológico con urgencia. Si sabemos exactamente qué variante genética mutada causó su miocardiopatía, podremos diseñar un tratamiento específico con betabloqueantes o planificar una intervención antes de que Luna sufra otro colapso que pueda ser fatal. Su vida depende de esa información, señora Soler. Necesito que contacte al padre de la niña hoy mismo.
Antes de que Emma pudiera responder, un sonido agudo e insistente rompió el silencio del pasillo. No venía del bolsillo de Emma, sino del abrigo de Jacob.
Jacob extrajo su teléfono celular. Al mirar la pantalla, sus cejas se juntaron en una línea recta. Miró a Emma con una fijeza que la hizo temblar. El identificador de llamadas mostraba un nombre que ninguno de los dos esperaba ver en ese momento.
—Es mi hermano —dijo Jacob, con una voz desprovista de toda emoción—. Es Oliver.
Emma sintió que el corazón se le detenía por completo. Oliver estaba llamando. Habían pasado más de dos horas de la cita pactada en la corporación. Oliver pensaba que ella se estaba burlando de él, que prefería quedarse con su "familia feliz", y estaba a punto de cumplir su amenaza de enviarle el acta de matrimonio a Jacob. Si Jacob respondía esa llamada en este estado de sospecha, Oliver soltaría la bomba y todo terminaría en ese mismo pasillo de hospital.
—No... Jacob, no respondas —suplicó Emma, estirando la mano de manera instintiva para detenerlo—. Por favor, ahora no. Estamos con la doctora, lo de Luna es lo primero...
Jacob, sin embargo, no apartó la vista de los ojos aterrados de su prometida. Por primera vez en seis años, vio en la mirada de Emma algo que no era vulnerabilidad ni dolor por el pasado; vio culpa. Vio un secreto oscuro que se negaba a salir a la luz. La recomendación de la doctora sobre la enfermedad hereditaria del padre y la oportuna llamada de su hermano crearon una disonancia cognitiva en su mente que se negaba a ignorar.
Sin apartar la vista de Emma, Jacob deslizó el dedo sobre la pantalla y activó el altavoz.
—¿Oliver? —dijo Jacob, con una voz que heló el aire del pasillo.
Al otro lado de la línea, la voz profunda, rica en matices y cargada de una ironía letal de Oliver Rossi retumbó con total claridad, audible para Jacob, para la doctora Samantha y para una Emma que sentía que el mundo se desvanecía a su alrededor.
—Vaya, Jacob, finalmente respondes —siseó Oliver desde su imponente escritorio de caoba, sosteniendo el acta de matrimonio con una mano—. Me alegra encontrarte. Llamaba porque tu flamante prometida tenía una reunión crucial conmigo en mi despacho a las nueve de la mañana y ha decidido no presentarse. Supongo que está muy ocupada jugando a la familia feliz contigo. Pero resulta que Emma y yo tenemos una cuenta pendiente del pasado que tú mereces conocer antes de que cometas el error de tu vida. Dile que tengo los papeles en la mano, hermano, y que voy camino a mostrarte toda la verdad.







