Las puertas se abren y los ojos de todos se posan sobre nosotros, si malditos bastardos, llegaron sus putos dueños. Sonrío como un loco y camino hasta la mitad del salón donde los japoneses no pueden creer lo que ven, sé que creían que ella me había traicionado, pero hoy van a saber la verdad, me detengo en frente del líder de la Yakuza que aprieta la quijada con fuerza cuando nos ve.
—Mi querido amigo, ¿Te sorprende vernos? —El viejo bufa sin quitar la mirada de nuestras manos.
—Lo que en re