Nueve años después
Grace
Nunca creí en los finales felices.
Toda mi vida solo había conocido el dolor en sus distintas formas, la decepción disfrazada de esperanza y un amor que siempre parecía venir con condiciones. Por eso me convencí de que, mientras pudiera aferrarme a la ilusión de ser feliz, aunque por dentro estuviera agrietada, sería capaz de sobrevivir a cualquier cosa que se me presentara.
Me decía que bastaba con resistir, que bastaba con fingir, que, si sonreía el tiempo suficiente,