- Hola, Ana... ¡Cuánto tiempo!
Sentí su fuerte abrazo y se lo devolví. Ana me gustaba mucho. Y te he echado de menos estos dos años.
- Entra, por favor.
Ella se alejó y yo entré, de pie.
- Siéntete siempre como en casa aquí, Bárbara. Sabes cuánto te amo.
- Gracias. - dije sentándome.
- Nos prepararé un café.
- No es necesario... Estaré allí enseguida. Solo estoy de paso. Tengo una cita ahora mismo. - Mentí.
- Por favor... Me permito ofrecerle un café.
Asentí, sabiendo que esto podría ser import