Isabela se removió en la cama, abriendo los ojos con dificultad. Su cuerpo dolía, al igual que su boca y garganta ante el uso para nada acostumbrado que le había dado. Juraba que aun podía sentir el sabor metalizado de la sangre ajena en su boca y la sensación de su cavidad ser llenada. Recuerdo que le hizo salir corriendo en dirección al baño y soltar todo lo que estaba en su estómago. Se estremeció sintiéndose fatal por el hecho.
Agarró una toalla y se secó la boca. La luz del baño permitió q