En sus ojos no había una chispa de vida, solo miedo y tristeza en sus pupilas. Le sonrío con cariño y paso mi mano por su cabello.
—Alma, si confiaste en mí. En el momento que enseñaste a tu hija mi número de teléfono. Confía en mí de nuevo. No estás sola... No están solas — limpio las lágrimas que salen una a una y corren por su sien—, tengo miedo…
—No lo tengas, yo estoy contigo... Es hora que le pongas fin a todo esto — beso su frente y su amiga solloza a un lado nuestro.
El tatuaje que ti