Ángelo se sentó en la silla, observando la taza de café frente a él. La miraba con desgana, como si fuera un abismo perdido en un horizonte desconocido. Su mente estaba en un torbellino, incapaz de procesar la devastadora noticia que había recibido.
El director, visiblemente asustado por lo que podría suceder, trató de mantener la calma.
—¿Señor Clindy, qué lo trae por aquí? —preguntó, intentando sonar profesional.
—¿Lo que me dijeron en la recepción es la verdad? —demandó Ángelo, su voz temblan