Jerder condujo directamente hacia la gran residencia de Nadin. Al llegar, se sorprendió por la seguridad y la ubicación de la casa. Era un lugar que podía estar siempre en la cara del enemigo sin que ellos lo supieran. La majestuosidad de la residencia lo dejó sin palabras; era un verdadero bastión.
Durante todo el trayecto, el silencio reinó en el automóvil. La tensión se sentía en el aire, pero Jerder sabía que debía mantenerse concentrado. Al bajarse del carro, varios hombres bien armados apa