—¡Te amo, Izan! —gritó, abriendo los brazos y mirando al cielo estrellado. No podía pedir más; era la máxima felicidad experimentar amor y adrenalina junto a su mejor amigo.
No sabía cuánto habían conducido, ni deseaba bajar. Era la primera vez que subía a una máquina así, pero el trayecto había terminado frente a la clínica de su tío Fabián. Izan bajó de la moto y la tomó por la cintura para ayudarla. Entrelazó sus dedos con los de ella y Alana no pudo evitar sonreír.
—Solo tu padre es capaz d