Los latidos de Alana azotaban su pecho con fuerza, como si fueran tambores de guerra. Izan llevaba a Ariel en sus piernas, quien se había dormido profundamente. Tobías iba conduciendo mientras Pavel estaba de copiloto, miraba pensativo por la ventana.
—El que debe estar nervioso soy yo, Alana. Cálmate, ¿sí? —le dijo Izan con una sonrisa tranquilizadora, colocando una mano cálida sobre la suya.
Alana giró su rostro para mirarlo a los ojos, buscando un refugio en ellos.
—Primero debías llegar con