La tensión se esfumó del castillo, y vivieron unos días que parecían un espejismo, algo irreal. Cada día avanzaban un poco más en su amistad, y sobre todo, ese sentimiento que habían ocultado bajo llave durante muchos años cobraba más fuerza. Pero Izan tenía claro que no era un cuento de hadas. Debían enfrentarse a su padre, resolver el negocio que tenía en Rusia con el desquiciado ruso, proteger a Alana y alejar a esos árabes de ella.
No volvieron a besarse, no porque no quisieran, sino porque