El murmullo del restaurante se volvió un sonido lejano, casi armonioso, mientras Abby trataba de acomodarse en la silla sin parecer tan tensa como se sentía por dentro, a pesar de todo.
Evan se sirvió un poco más de vino, luego llenó la copa de ella sin preguntar. Parecía natural para él tomar control de cada detalle.
—Estás temblando —observó, sin dureza, sin burla. Solo una constatación.
—No es nada —mintió Abby, bajando la vista hacia el mantel impecable, de repente sintiéndose vulnerable —.