El auto se detuvo frente a un edificio de cristal y mármol, iluminado por luces cálidas que se reflejaban sobre el empedrado húmedo. Abby levantó la vista hacia el cartel dorado que coronaba la entrada y sintió un vuelco en el estómago. Era uno de esos restaurantes a los que ella solo había visto entrar a la gente en revistas o en las redes. No entendía qué hacía ahí, ni por qué Evan la había traído. Ni siquiera había pisado ese lugar con su padre.
—¿Aquí cenamos? —preguntó en voz baja, más par