Capítulo treinta y nueve.

Puse los ojos en blanco tras los párpados y gruñí, sintiendo las cadenas rodeándome entera, mientras mis parejas gritan órdenes con tendencias homicidas hacia mis ayudantes en mi cabeza, grité e intenté librarme de mis ataduras, en vano.

¡Debes matarlo a todos!

¡Córtales la cabeza!

¡Despedaza a sus hijos!

¡Destruye… su… hogar!

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