Capítulo cuarenta y cinco.

Lloré durante horas, tratando de asimilar mis pérdidas. Me mantuve sobre el césped ensangrentado en posición fetal, recordando los momentos buenos con cada uno de los que había perdido. Y, sobre todo, recordando a mi mayor pérdida: mi hijo menor.

—Hope. —Levanté la mirada y al centré en Calíope y Esme, la primera me miraba con compasión y la segunda simplemente se limitaba a observarme. —Es hora de

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