Me apresuré a cerrar la puerta del sótano con llave. Seguía mareada, de modo que saqué una soda del refri y tomé un largo trago, sintiendo que necesitaba azúcar.
—¿Estás bien? —preguntó la tablet.
—Sí, sí, sólo preciso un momento —murmuré—. Y un té.
—Valeriana —dijo el teléfono.
—Buena idea.
Cinco minutos después traje mi tazón a la mesa, con el teléfono offline a un lado, y al otro la tablet con las dos apps abiertas. Nos demoramos allí hasta la hora de la cena, hablando de lo que acababa de p