Los golpes volvieron a durar toda la noche, de modo que Lizzie me acompañó hasta mi dormitorio y prometió quedarse hasta el amanecer, para ayudarme a sentirme más segura. Edward permanecía en el sótano vigilando a la sombra, y su último reporte era que permanecía en su rincón, golpeando las tablas y gruñendo, pero no parecía tener energía para seguir haciéndolo mucho más.
—Tal vez mi miedo la alimenta —comenté acostándome.
—Es posible —terció Lizzie.
Otra razón para enfrentarla, aunque ignoraba