—Padre, me permite pasar. —preguntó Jerónimo y Abel tragó en seco, aún así accedió a aquella inesperada visita. Le hizo un gesto con la mano y este entró hasta la sala.
—¿Dígame en que puedo ayudarle, hijo? —contestó amablemente muy a su pesar y a la repulsión que sentía por el arrogante hombre.
—¡Bonito lugar! Su abuelo era muy amigo de mi padre. —contestó mientras repasaba con la mirada aquel lugar.
—Sí, eso lo sé. Pero si puede decirme en qué puedo ayudarlo, estoy algo ocupado Sr Caligari