La noticia del accidente de Maddie había corrido como reguero de pólvora por la ciudad. Ningún periódico quedó exento de publicar la noticia, tampoco el de David Hamilton.
Dentro de su oficina, el joven se debatía en sus pensamientos. Por un lado, estaban Sarah y la promesa que le había hecho y por otro; Maddie, la mujer que seguía amando profundamente.
— Debo verla—musitó, meditabundo, pero con firmeza—. No puedo quedarme aquí sin hacer nada. Ella, ella debe estar sufriendo mucho...
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