Ni siquiera cuando me casé con Agatha me sentí así de nervioso. Desde que Noa salió de la habitación no dejé de pensar en lo que le diría, pero ahora que estamos frente a frente, las palabras simplemente no salen de mi boca. No sé por dónde empezar, si por lo bien que la pasé en la cena, pidiéndole una disculpa por haber bebido de más o por ese beso tan rico que no sale de mi cabeza. No es posible que con treinta años me sienta como un adolescente.
Cada uno está muy centrado en su desayuno, aun