Desperté por el ruido insistente y molesto de mi teléfono. A tientas lo saqué del bolsillo de mi pantalón y me giré en la cama con los ojos cerrados debido al dolor de cabeza que presentaba.
—¿Sí?
—¿Dónde demonios estás, Karim?
—No hables tan fuerte, ¿sí? —me quejé—. Estaba durmiendo. ¿Qué quieres?
Alexandre soltó una sarta de groserías en portugués antes de recordarme de la maldita reunión que tenía hace dos horas con la constructora. Y, como ninguno de nosotros se presentó, la pospusieron par