Con una descarga de adrenalina, Bianca me levantó a rastras, medio arrastrándome hacia el BMW vintage de Rafayel que estaba estacionado cerca de las escaleras traseras. Su respiración era entrecortada, sus manos temblaban, pero su determinación ardía más que su miedo.
—Abre la puerta, ahora —le ordené, lanzándole las llaves.
Mi mano izquierda se aferraba a su brazo, mis piernas flaqueaban mientras un dolor agudo me atravesaba. Cada paso parecía caminar sobre alquitrán hirviendo.
Bianca abrió de