El hombre que había hablado era el mismo de la noche anterior. Rápidamente recogí mis pertenencias, sintiendo una urgencia por irme.
—Tienes bastante prisa —observó él, soltando un suspiro.
Me detuve un momento, sin saber cómo responder.
—Ya es tarde —respondí—. Necesito irme a casa.
—¿Ningún interés en tomar un café y...?
—El restaurante ya está cerrado —me excusé.
Él se inclinó ligeramente, un dejo de sonrisa burlona en sus labios. —Este restaurante es mío, así que no hay problema.
Sentí que