En cuanto se fue, me miré al espejo de la sala porque sentí una molestia en mi cuello, alce un poco para verlo mejor, y era mi sangre seca convertida en costra, así como, el que mis brazos estaban moreteados.
—Sobreviviste niño tuviste suerte. —una voz gruesa resonó.
Era ese hombre, levantando el armario, del cual había caído.
—¿Piensas matarme ahora? —agarré el alicate escondiéndolo por detrás de mi pantalón por si me atacaba.
—Suelta eso niño, si hubiera querido que murieras, te hubiera de