La niebla se disipaba, dando paso al alba que, con su radiante luz, despertaba al cazador, y cuyos ojos adormitados se hacían pesados para abrir; con el cuerpo magullado, se levantó con sumo cuidado para no cortarse con los vidrios resquebrajados en el suelo debido al impacto de las explosiones. Apresurándose a bajar por una de las ventanas abiertas para escapar.
—¿Qué hora es?
Pregunto Omar cubriéndose con el antebrazo del sol. —Duele…
Retrocediendo bajo y decidió a ayudarlo, apoyándolo en s