Arnaldo observó detenidamente y de manera divertida al hombre que sin ningún pudor se alegró por su supuesta muerte.
—Pues claro que sí, he venido con buenas intenciones para tu persona, querido tío.
—¿Qué me vas a hacer, Arnaldo? Estoy seguro de que no te quedarás de brazos cruzados por lo que has descubierto. Déjame decirte que lo lamento, nunca fue mi intención tomar tu lugar, sin embargo, las circunstancias de tu muerte me obligaron a tomar esta decisión, jamás te haría daño, ni de pensarlo