Luego de aquella conversación maligna, la señora Di Monti, camina hacia la sala de estar para darle órdenes a la servidumbre sobre lo que deben hacer de banquete para la noche.
—disculpe señora Di Monti, ¿Puedo hablar?— la empleada de servicio no es capaz de mirarla a los ojos por temor
—¿Qué?— preguntó de mala gana
—afuera, una señorita, se llama Mei, por un momento pensé que la señora Lena Di Monti, me estaba haciendo una broma por su gran parecer
—¡Hazla pasar! Y no quiero ni palabra de es