CAPÍTULO 33. Donde el silencio grita más fuerte.
Las luces blancas del hospital zumban sobre su cabeza. El tic tac del reloj en la pared le taladra los oídos. La sala de espera está llena de murmullos apagados, pasos apresurados y alguna tos ocasional. Pero para Valentina, todo suena lejano. Irreal.
Está sentada al borde de una silla de plástico, con los dedos entrelazados tan fuerte que se le marcan en la piel. Siente las piernas entumecidas y la espalda tensa.
“¿Y si no sobrevive? ¿Y si no lo vuelve a ver?”
Se obliga a respirar hondo, pero