Buenos días, esposa.
Lo primero que Esmeralda sintió al despertar fue dolor. Como si alguien hubiese metido una banda de rock dentro de su cabeza, le hubiera servido whisky a cada integrante y luego les hubiera pedido tocar con ollas.
Lo segundo fue calor.
No el calor normal de una habitación de hotel con cortinas cerradas.
Era un calor demasiado pegado a su espalda.
Esme abrió los ojos de golpe y se arrepintió al instante. La luz que se filtraba por la ventana le atravesó el cráneo como una daga. Soltó un gemido,