Cuando por fin alcanzaron el final de la alfombra roja y cruzaron las puertas de cristal, Esmeralda apenas tuvo tiempo de respirar.
El interior del Hotel Russel resultaba todavía más imponente que la fachada: mármol claro, candelabros suspendidos a una altura absurda, arreglos florales enormes y dos escaleras curvas que ascendían hacia el salón principal de la gala, mientras personal de seguridad y azafatas guiaban a los invitados con una discreción impecable.
Todo era refinado, costoso y per