Raymond carcajeó al escucharlo.
—Así es como te quería escuchar, suplicante —expuso con voz ronca—. Esta noche vas a llevar los papeles que me acreditan como dueño de industrias Lennox —ordenó—, más adelante te llamo a darte los datos, y si avisas a la policía tu amada esposa se muere. —Colgó la llamada.
—¡Maldito desgraciado! —rugió Gerald. Se llevó las manos al cabello desesperado.
—No podemos avisar a la policía, puede tenerte vigilado —recomendó Rubén—, tampoco puedes ir solo, podría se