—Ayúdeme —suplicó jadeando—, no consigo un taxi.
—Sabía que algún día bajaras la guardia conmigo —dijo Gerald.
Myriam levantó su rostro, empañado de lágrimas y de sudor.
—Prefiero dar a luz en la calle —gruñó apretando los dientes—, que… pedirte ayuda —completó la frase y se agarró con fuerza de los brazos de él, y se quejó de dolor.
Gerald presionó los parpados, pues ella había clavado sus uñas en su piel, y le dolió; sin embargo, ahora no había tiempo para quejarse, sin dudarlo, la ca