El timbre del apartaestudio que Noemí rentó en New York sonó, ella sonrió y antes de abrir se miró al espejo y arregló su cabello.
—Hola —esbozó una amplia sonrisa, saludando a Rubén.
—Buenas noches —respondió él, le devolvió el gesto, ingresó a la estancia con las bolsas de comida china en ambas manos—, te quedó muy bonito —mencionó, y observó a su alrededor.
En la planta baja estaba la pequeña isla de la cocina, un sofá largo en el pasillo, sobre el cual se erguía la escalera que daba a