El hombre era corpulento, alto, quizás medía alrededor del metro noventa, su cabello y sus ojos eran oscuros, su piel trigueña, sus gruesos labios estaban enmarcados por una barba de candado, además la ropa que lucía era muy costosa.
—Un placer —respondió Myriam, correspondió el saludo, pero no le agradó la manera en la que el hombre presionó sus dedos, por varios segundos, ella intentó soltarse, y él comprendió el mensaje.
—Perdón —se disculpó.
—Me comentó que desea enviar un cargamento,