Kevin ingresó a la oficina de Gerald, y lo encontró comiendo unas uvas que Myriam le había llevado.
—¡No lo puedo creer! —exclamó—, el todopoderoso señor Lennox comiendo en la oficina —bromeó—, veo que Myriam está haciendo milagros.
Gerald parpadeó y resopló.
—¿A qué te refieres? —cuestionó.
Kevin rodó los ojos.
—Es una mujer de buen corazón, después de como la trataste ayer, si yo fuera ella, no te dirigía ni la palabra —enfatizó—; sin embargo, te trajo el desayuno, como una esposa abnega