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Mis intentos por recordar esos recuerdos congelados en mi cabeza terminan en fracaso nuevamente. Estoy en blanco.
No entiendo de dónde salió esa loca mujer, y de dónde sacan que ese bebé en su vientre abultado es mío. No recuerdo haberme involucrado con ella de ninguna forma. En mi mente solo está Giselle, la que se suponía era mi prometida.
—Benjamin, debes aceptar la realidad —me dice mi abuelo con esa voz serena que lo caracteriza—. No existe la maldición, se acabó. Y Giselle está muerta