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—¡Un sapo! —chillo, subiéndome sobre las piernas del lisiado y abrazándome a su cuello con toda la fuerza que tengo—. ¡Sácalo de aquí, por favor!.
Benjamin me mira con una mezcla de incredulidad y diversión, pero principalmente incredulidad. Ahora no se ve tan ogro como antes.
—¿En serio? —dice, intentando contener una risa—. ¿Todo esto por un sapo?.
—¡Es un sapo gigante! —le grito, enterrando mi cara en su cuello—. ¡Podría comerme entera!.
—No seas ridícula —responde, aunque ahora parece