Cuando me alisto y bajo a la cocina por un desayuno o solo un café. Me encuentro a Adriano ya listo para irse. Detengo mis pasos al verle, sus ojos color plomo me atrapan y el recuerdo vergonzoso de esta mañana me acalora el rostro.
―Hay café y también… hice unos huevos revueltos, hay muchos gracias a las gallinas ―menciona sorprendiéndome.
―No tenía idea de que sabías cocinar ―Pestañeo.
―Realmente no lo sé. Pero ¿Qué tan difícil pueden ser unos huevos revueltos? ―Dice y asiento tomando el plato