Antes de llegar a la granja, por mera inercia, paso primero a comprar unos tulipanes. Al parecer han cumplido con mis ordenes de tener siempre a disposición los de color azul, parecieron gustarle y esa sonrisa en sus labios, valió la pena, en lo absoluto. Respiro profundo sacando la tarjeta para pagarlos.
―Su esposa es muy afortunada, debe de amarla mucho ―menciona la señora detrás de la caja registradora.
La miro con asombro y aclaro mi garganta.
―¿Usted lo cree? ―Mi entrecejo se aprieta.
―Sí,