Mundo ficciónIniciar sesiónEl primer amanecer en esta casa resulta silencioso y áspero. Despierto sola en la cama, mi primer día como recién casada. Resoplo y me levanto con el cuello adolorido, quizás por la tensión acumulada, la tensión llamada Adriano Ivanov. Luego de unos segundos, me cuesta asimilar dónde estoy. Pero el pintoresco lugar me lo recuerda, junto al sonido del gallo y los pájaros que vuelan libres por mi ventana.
Cierro la cortina y me lanzo boca abajo en la cama, sin ganas de que esto sea mi realidad.
Me incorporo despacio. La manta es delgada, algo vieja. Todo en este lugar parece haber sido elegido para recordarme que aquí no hay comodidad… ni tolerancia.
Luego de lavarme el rostro y vestirme decente, camino a la salida, el olor a café llega a mis fosas nasales. Me he casado y por supuesto, no desperté al lado de mi esposo. Me detengo en la escalera y desde la pequeña cocina llega el sonido de una taza golpeando la mesa.
―Levántate ―pronuncia la voz de Adriano, seca―. Levantarse tarde no es una opción.
Me coloco erguida y en mudo; le insulto, hago un pequeño berrinche de molestia. Respiro profundo y bajo la escalera.
―Ya estaba despierta ―murmuro y le veo.
Él está de espaldas, vestido con la misma ropa sencilla del día anterior. Noto su espalda ancha, fornida y casi se me cae la mandíbula. Se mueve con precisión, como alguien acostumbrado a la disciplina, no a la pobreza. Ese detalle me desconcierta un poco, aunque, no sé por qué. Tengo que dejar de sobre pensar mucho en mi esposo y sus raros comportamientos.
―Hay café ―añade―. Es lo único caliente que tendremos hoy.
Me acerco, insegura.
―Gracias.
Adriano me observa por encima del hombro, erizándome la piel.
―No me agradezcas nada. Como te dije; aquí todo se gana ―espeta colocando con fuerza la taza en el mesón, algunas gotas de café se escapan de la taza y reacciono buscando un pañuelo para secarlo.
Él me mira con el cejo fruncido. Con pesar, recuerdo que mi madrastra y mi hermanastra me han programado para actuar así y siento una vergüenza terrible recorrerme entera.
Con un carraspeo, él se va, sin más. No lloro. No puedo darme ese lujo.
―Adriano, he cosechado los mejores tomates para tu desayuno, espero tengas mucho apetito, porque va a quedar… ―La voz de la mujer se corta, cuando me ve.
Noto que es la misma que estaba en el jardín… la que me empapó. ¿También le cocina? ¿Cómo puede pagarle a alguien?
―Se arruinó la mañana con una presencia desagradable ―espeta mirándome con frialdad.
Sonrío negando con la cabeza, calmándome.
―Tú deberías de disculparte conmigo. No entiendo por qué tu enojo hacia mí ―digo cruzándome de brazos.
―Eres una intrusa en este lugar. Y jamás me voy a disculpar con alguien como tú.
―¿Cómo yo?
―Sí, una zorra barata ―espeta.
Abro la boca sorprendida por su descaro y la facilidad con la que me insulta.
―Bueno, esta “zorra barata” ahora es la esposa de Adriano Ivanov, por si no lo sabías ―replico indignada.
―Ese papel te durará poco ―espeta muy segura de eso.
―Pero mientras lo tenga, debes de mostrarme algo de respeto. Sí, soy de la ciudad, pero no vengo de Dubái ni nada por el estilo. No somos tan diferentes y si lo piensas bien, deberíamos de tratar de llevar el “corto tiempo” que me queda aquí, en paz ―digo casi en una propuesta.
Ella me rueda los ojos con fastidio. Realmente no le agrado. Se acerca a mí y empuja con su índice mi hombro. Mi entrecejo se aprieta.
―Oye… ―chillo por el dolor que deja en mi piel. Se lo devuelvo, empujándole de la misma forma.
―Tú no eres ni serás la mujer de Adriano Ivanov ―gruñe amenazante.
De repente, me sujeta del brazo, forcejeo con ella. Hasta que me suelta y se tumba ella misma al suelo, sin que yo la haya tocado.
―¿Por qué hiciste eso? ¡Qué mala! ―dice fingiendo llorar y se sostiene la mejilla como si la hubiera golpeado.
―¿Qué? ―Jadeo desconcertada.
―¿Qué le hiciste a Cilia? ―Pregunta de repente Adriano, apareciendo en escena. Mis ojos se abren―. El que estés acostumbrada a una vida donde desprecies a las personas, no te da el derecho de hacerlo aquí. Discúlpate con Cilia ―ordena.
Mis ojos se abren, ella sigue en su papel, él la ayuda a levantarse.
―No lo haré ―digo con firmeza―. No tengo nada de qué disculparme.
―Resultaste ser más despreciable de lo que pensaba ―dice él con dureza.
Me trago el nudo de mi garganta y doy la vuelta, yéndome antes de comenzar a llorar al sentirme humillada una vez más.
**
El día fue largo. Caminé durante horas, pregunté en tiendas, cafeterías, pequeños negocios. La mayoría ni siquiera me miró. Otros prometieron llamar. Nadie lo hizo.
Cuando regreso, ya está todo oscuro.
Adriano está sentado a la mesa, revisando papeles que no tengo ni idea de qué son. Alza la mirada apenas entro.
―¿Y? ―pregunta sin tapujos.
―Nada aún ―respondo, agotada―. Pero seguiré intentando mañana.
Él asiente, como si eso fuera exactamente lo que esperaba.
―Hay sopa ―dice―. No alcanza para los dos si comes mucho.
Me sirvo una porción pequeña, sin quejarme. Como en silencio, sintiendo el nudo constante en el estómago. No solo por el hambre, sino por la presión que no me suelta ni un segundo, más por la mirada de él en mí.
―¿Te arrepientes? ―pregunta él de pronto.
Le miro sorprendida.
―¿De qué?
―De haberte casado con alguien que no tiene nada.
Sostengo su mirada.
―No.
Mi respuesta es inmediata. Demasiado firme.
Adriano entrecierra los ojos.
―Mientes bien.
―No miento ―replico, con voz baja―. Solo estoy cansada.
Algo se tensa en el ambiente. Él se levanta de golpe.
―Aquí no hay espacio para debilidades ―dijo―. Si no puedes con esto, la puerta está ahí.
Miro la puerta. Pienso en mi padre. En la cama de hospital. En el pitido constante de la máquina.
―Puedo ―digo―. Aunque no me quieras aquí.
Eso parece desconcertarlo. Por primera vez desde que la conozco, Adriano no tiene una respuesta inmediata y tajante.
En la noche, vuelvo a dormir en la cama mullida. Y antes de cerrar los ojos, me llevo la mano al pecho y respiró hondo, conteniendo el llanto.
Narrador omnisciente:
En la habitación contigua—que fue desocupada a la brevedad con todo nuevo—, Adriano permaneció despierto. La había visto cansada. Hambreada. Humillada.
Y aun así… no se había quejado. No había pedido nada. No había intentado seducirlo, ni manipularlo. Eso no encajaba con la mujer que él creía haber traído a la granja donde llevaba años sin visitar.
Y esa duda—mínima, incómoda—, fue el primer fracaso de su venganza.







