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Cazafortunas con mala suerte | 03

El viaje en el auto es solitario. Adriano me envió con el chófer que pensaba iba ser mi esposo, hacia la granja, al parecer él irá después. A este punto, mi ahora esposo resulta ser un completo misterio y no sé si pueda resolverlo. Actúa extraño y me mira con odio. Parece que arruiné su vida, bueno, tenemos eso en común.

Al bajar del auto, vislumbro la entrada de la granja, no parece abandonada ni mucho menos. La mantienen cuidada y me parece un lugar… encantador. Camino entre las piedras halando mi maleta.

―Señorita, le ayudo ―comenta el sujeto que me trajo. Toma mi maleta y la lleva al interior, adelantándose. Mientras que yo, respiro profundo antes de entrar.

Giro mi rostro, viendo a una mujer con overol, cabello rubio y parece ser la jardinera, ya que, está regando las plantas. Alzo mi mano ondeándola en el aire, para saludarle con una tenue sonrisa.

―Hola, yo soy…

Ella me observa, no con mucho agrado y de repente, enfoca el rocío de agua hacia mí, empapándome de pies a cabeza. Suelto un chillido al sentir el agua helada cubrirme.

―Pero ¡¿qué?! ―Exclamo.

―Eres un ratón de ciudad y cuidado, o serás la cena de las serpientes ―advierte sin más. Genial, a ella tampoco le agrado.

Resoplo sacudiendo mi vestido y cubro con el abrigo porque se me marca la ropa interior por el agua. Con pisotones, camino hacia la entrada de una vez por todas y tomo nota mental de no andar saludando a nadie aquí. Menos mal ella no estaba levantando estiércol o yo estaría embarrada. Cuando entro a la casa de la granja, quedo asombrada por el interior, es acogedor y está decorada de forma hermosa. El chófer se despide de mí, ofrece su ayuda con mi aspecto, pero me niego y le agradezco.

Procedo a quitarme el abrigo, sacudiéndolo, busco con mi mirada quizás un baño o alguna manta. Pero mi concentración se ve interrumpida por el hombre que cruza la puerta, con imponencia. Adriano ya no tiene un traje ejecutivo, está usando un pantalón de mezclilla, una camiseta sin mangas que deja ver sus brazos grandes y cuerpo musculoso, botas y un sombrero. Paso saliva al verlo.

Sus pupilas se clavan en mí y me percato de que mi vestido se transparenta. Me abrazo a mí misma, cubriéndome. El rostro se me calienta por el rubor. Tomo mi abrigo de nuevo, nerviosa por su observación.

Él aclara su garganta, quitando su mirada de mí.

―¿Por qué estás mojada? ―Pregunta con ronquez.

―Sin querer… me crucé con el riego del césped ―murmuro ocultando la realidad. No quiero ganármela de enemiga tan rápido.

―Que torpe eres ―gruñe―. En la habitación de arriba te puedes acomodar. Por ahora solo tengo habilitada una, mientras, yo dormiré en el sofá ―acota.

―Bien… iré ―digo.

Tomo la maleta y la arrastro del asa. Accidentalmente, sus ruegas se quedan trabadas con la alfombra y al halarla; mi cuerpo cae al suelo, aparatosamente. Hago ademán de levantarme, cuando unas manos grandes me alzan y luego en segundos, me encuentro entre los brazos de Adriano. Mi corazón palpita con fuerza al sentir su calor envolviéndome y el aroma más fuerte de su perfume. Sus ojos tienen un destello llamativo, pero supongo que se trata del iceberg en ellos.

Mis mejillas se calientan más. Sin decir ni una palabra, sube la escalera conmigo en sus brazos y al cruzar la puerta de la habitación; me lanza en la cama. Mi cuerpo rebota en el colchón. Me asusto un poco pensando que querrá la noche de bodas, pero él se inclina, intimidándome.

―Escúchame bien, acepté este matrimonio solo porque mi padre se encargó de comprometernos legalmente en un contrato y porque al parecer mi padre salvó al tuyo y como forma de “trueque”; entregó a su hijita en matrimonio ―manifiesta con crueldad en su voz―. Pero eso no quita que tú seas una cazafortunas con mala suerte; que terminó cayendo en manos de un granjero ―acota con más crueldad.

―Eso no… ―Intento hablar, pero recuerdo las amenazas de mi madrastra, debo de ser una esposa devota.

Cruzo mis brazos, y asiento esbozando una sonrisa.

―Piensa lo que quieras.

Él respira profundo.

―Aquí todo se gana.

Me entrega una lista que saca de su bolsillo. Es corta, pero directa.

―Necesito que consigas trabajo ―dice de repente―. Cualquier cosa sirve. No pienso mantener a alguien que vino aquí solo por un acuerdo.

Aprieto el papel en mi mano, tensándome.

―Lo haré.

―Y otra cosa ―agrega él, con frialdad―. No esperes que este matrimonio sea cómodo. No tengo dinero para caprichos, ni para apariencias, mucho menos nada de amor. Si pensabas usarme… te equivocaste de hombre.

Levanto la mirada, herida.

―No pienso usarlo.

―Eso está por verse.

―La granja parece lujosa ―menciono al detallar rápidamente el interior de la habitación.

―Es decoración… rustica.

Dejo salir un suspiro y me levanto de la cama.

―Agreguemos otra regla ―propongo―. Nos beneficiará a ambos.

―Te escucho ―Me clava su mirada.

―Tres meses, y podremos divorciarnos. Dejaste en claro que no quieres este matrimonio, tampoco yo ―digo.

Él, me mira lo que se siente una eternidad y mi corazón se acelera más. Me relamo los labios. Sus ojos sobre mí me colocan nerviosa. Tres meses es lo que necesito, para que se pueda cobrar el dinero del fideicomiso y ya no necesite este matrimonio por contrato.

―Trato hecho; sin amor, sin felicidad y sin sexo. Tres meses. ―Me tiende la mano, aceptando.

―¿Sin sexo? ―Pregunto pestañeando.

―¿Qué? ¿Querías…?

―¡No, no! Es que… es obvio, no habrá nada de eso ―murmuro rápidamente tomando su mano.

Una electricidad me recorre entera y nuestros ojos se conectan. Tomo una profunda bocanada. Él suelta mi mano, como si le diera asco o le quemara. Se da la vuelta y sale de la habitación como un torrente. Mi cuerpo cae en la cama, y miro a la nada, llevo mi mano al pecho, sintiendo las estocadas de mi corazón. Tres meses, un matrimonio con este hombre que me odia. ¿Qué puede salir mal?

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