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Castigando a la mujer equivocada | 05

La mañana siguiente, Adriano me pide que le acompañe.

―Necesito hacer un trámite ―dice, ajustándose la chaqueta―. No te vistas como si fueras a una fiesta. Aquí no hay nada qué impresionar.

Asiento, en silencio.

Buscando en mi ropa, tomo el único vestido decente que encontré, sencillo, sin adornos. Cuando salgo ya lista, Adriano me escanea con su mirada intensa de arriba abajo. No con deseo, eso es obvio. Él jamás podría desearme, tampoco quiero que lo haga.

―Está bien ―dice―. Así no llamarás la atención.

No sé si eso fue un elogio o una humillación disimulada. Respiro profundo, esperando que nada de eso me afecte en lo absoluto. Debería de estar acostumbrada a estos tratos, pero aún así, quizás calan un poco en mí.

Salimos juntos y nos subimos al auto con chófer, la duda de cómo le paga también a él, me hace pensar demasiado, pero decido no decir nada. El barrio al que llegamos no es elegante, pero tampoco miserable. Calles pequeñas, cafeterías modestas. Gente que nos mira… y nos juzga un poco.

En una de las oficinas, mientras Adriano habla con un hombre tras un escritorio, yo permanezco de pie a un lado. Callada. Invisible.

―¿Tu esposa? ―pregunta el hombre, mirándome con curiosidad y llamando mi atención.

Adriano tarda un segundo de más en responder.

―Sí ―dice al final―. Mi esposa. ―La forma en que lo afirma me estremece.

Aunque, no hay orgullo en su voz, hay algo de protección. El hombre sonríe de forma extraña.

―Valiente decisión, casarse en estos tiempos ―comentó―. Más cuando uno ya no confía en las mujeres jóvenes, no se sabe si están con uno por el dinero y el estatus.

Mi entrecejo se aprieta. Adriano no dice nada. El silencio es incómodo. ¿Acaso piensa que Adriano tiene dinero?

Más tarde, entramos a una cafetería pequeña. No parece ser un lugar muy costoso, pero tampoco es barato al ver la carta y los precios. Cuando el mesero se acerca, Adriano pide solo dos cafés.

―¿Nada más? ―pregunta el joven, mirándome. Quizás escuchó mi estómago rugir.

―No ―responde Adriano―. Con eso basta.

El camarero duda un instante, pero se va. Siento de repente cómo el estómago se me retuerce del hambre. No he desayunado. No había cenado bien la noche anterior. Pero no digo nada. Lo menos que quiero es que él se moleste pensando que soy una pretenciosa que necesita ser atendida.

Desde una mesa cercana, una mujer nos observa. Elegante. Bien vestida, cabellera castaña. Su presencia me hace sentir un poco inferior ante mi aspecto más cuando su mirada se clava primero en Adriano y luego en mí. Como si lo conociera.  

―¿Adriano? ―dice, levantándose―. ¿Eres tú?

Alzo la vista de inmediato sintiéndome incómoda. Noto cómo él se tensa en el asiento.

―Hola, Iris ―responde él, seco.

La mujer le recorre con la mirada y… luego se fija en mí.

―¿Qué haces vestido así y en un lugar como este? ―Pregunta confundida.

―Iris, luego podemos conversar ¿Sí? Estoy ocupado.

―Vaya ―Sonríe con petulancia―. Así que esta es tu esposa.

Siento el golpe del desprecio ante la forma en que ella lo dice.

―Sí ―contesta Adriano. Sin más.

―No sabía que te habías conformado tan rápido ―añade Iris―. Pensé que, después de lo que pasó, serías más… cuidadoso o exigente, hasta creo que te has vuelto… muy humilde.

Los miro, confundida. ¿De qué está hablando esta mujer? ¿Cómo se debería de ver él? Si es un granjero pobre. Puedo notar que hay historia entre ellos dos, puede ser que dolor. Algo no resuelto.

―Supongo que algunos matrimonios no se hacen por amor ―continua Iris―, sino por aceptar lo que queda.

El silencio cae pesado sobre la mesa. Aprieto los dedos sobre la falda de mi vestido, me trago las palabras. Espero a que él diga algo, quizás en mi defensa, que niegue aquella insinuación de la mujer donde me humilla y me hace sentir tan poca cosa. Pero, él no lo hace.

―Tenemos que irnos ―dice únicamente, poniéndose de pie.

Paga el café y sale sin mirarla. Lo sigo, sintiendo que cada paso es una herida más. Cuando estamos fuera, me detengo.

―¿Siempre es así? ―pregunto, con la voz rota―. ¿Siempre vas a permitir que me humillen?

Adriano se gira lentamente, clavándome su mirada.

―Te advertí que mi vida no era fácil ―responde―. Y tú aceptaste.

―Acepté casarme contigo ―digo, conteniendo el temblor―. No ser despreciada por todos.

―Eso es lo que ocurre cuando te casas con alguien como yo, que no vale nada ―escupe él―. Te conviertes en parte del mismo error.

Las palabras son crueles. Demasiado. Siento que algo dentro de mí se desquebraja.

―No soy una cazafortunas ―susurro―. Y no soy tu vergüenza.

Él me mira fijamente. Por un instante, algo cruza en su expresión. Algo parecido a culpa. Pero no me ilusiono.

―Entonces demuéstralo ―dice―. Porque hasta ahora… solo veo a alguien que aceptó este matrimonio sin hacer preguntas.

Abro los ojos, que se me escuecen.

―Acepté para salvar una vida.

Adriano frunce el ceño.

―¿Qué dijiste?

Niego con la cabeza.

―Nada. ―Trago con dificultad.

Caminamos de regreso en silencio igual que el camino en el auto hasta la granja.

En la noche, me encierro en el baño pequeño y dejo que las lágrimas caigan sin hacer ruido. Me cubro la boca para no sollozar. No quiero que él me escuche siendo así de emocional.

Narrador omnisciente:

En la habitación, Adriano permaneció sentado en la cama, con los codos apoyados en las rodillas.

La escena en la cafetería volvía una y otra vez a su mente. El silencio. La humillación. La forma en que ella había esperado algún tipo de defensa… y él no había hecho nada.

Eso no era venganza. Eso era crueldad. Y por primera vez, Adriano Ivanov se preguntó si no estaba castigando a la mujer equivocada.

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