La mañana siguiente, Adriano me pide que le acompañe.
―Necesito hacer un trámite ―dice, ajustándose la chaqueta―. No te vistas como si fueras a una fiesta. Aquí no hay nada qué impresionar.
Asiento, en silencio.
Buscando en mi ropa, tomo el único vestido decente que encontré, sencillo, sin adornos. Cuando salgo ya lista, Adriano me escanea con su mirada intensa de arriba abajo. No con deseo, eso es obvio. Él jamás podría desearme, tampoco quiero que lo haga.
―Está bien ―dice―. Así no llamarás l