Mundo ficciónIniciar sesiónTomo una profunda bocanada y aprieto el borde de mi abrigo. Sé que no tendré una boda significativa, pero quise colocarme un vestido blanco, para sentir un poco que esto es real. Arrastro también mi maleta llegando a la entrada de la dirección donde mi nuevo esposo me recibirá.
Pestañeo, un poco desconcertada, deteniéndome para ver la fachada. He llegado diez minutos antes, como siempre. No porque me importe, sino porque me han enseñado que llegar tarde es razón para ser castigada.
Admiro la fachada, pensando que el lugar no tiene sentido. Frente a mí se alza un edificio de vidrio y acero, moderno, imponente, con una entrada custodiada por dos hombres vestidos de negro. Nada en este sitio encaja con la idea que mi hermanastra había descrito entre risas: un hombre común, casi sin recursos, un granjero desesperado y sin suerte con las mujeres.
―Debe ser un error… ―murmuro rectificando la dirección en mi celular.
Un automóvil negro se detiene frente a la entrada. No es ostentoso, pero sí elegante, silencioso, caro. Un sujeto baja y mi corazón late fuerte al ver que es un anciano, que usa un parche en el ojo y me mira con una sonrisa. ¿Ese hombre será mi esposo? ¡Oh no! Miro a los lados, queriendo huir, pero no puedo.
Aprieto mis labios en una sonrisa, pensando en mi padre. Él, de repente, abre la puerta trasera del mismo auto, confundiéndome y da un paso atrás con respeto.
Entonces él aparece. Alto. Impecable. Traje oscuro perfectamente ajustado a su cuerpo. El rostro severo, la mandíbula marcada rodeada de barba, los ojos fríos como si el mundo no mereciera una sola emoción suya. Sumamente atractivo, cabello café, casi rubio, parece atlético detrás del traje. Paso saliva sin entender lo que sucede. ¿El traje será rentado?
Siento algo extraño en el pecho. No admiración. No deseo. Es una… alerta. Como si mi instinto me gritara que debo de mantenerme lejos. El hombre levanta la mirada y me ve.
Hay un tinte de sorpresa en su mirada. También hay sombra oscura cruzando sus ojos cuando lee mi apellido en los documentos que lleva en la mano:
―Bianca Morales ―pronuncia con voz grave.
Doy un paso al frente.
―Sí. Soy yo.
Él cierra la carpeta con lentitud, como si estuviera conteniéndose.
―Así que tú eres ―dijo―, la mujer que viene con la deuda.
Parpadeo, confundida.
―No… yo no…
―No hace falta que expliques nada ―Me interrumpe, caminando hacia mí―. Ya conozco este tipo de situaciones.
Su cercanía es intimidante. Huele a algo limpio, masculino, costoso. No hay rastro de pobreza en él. Ni en su ropa, ni en su postura, ni en la forma en que todos a su alrededor parecen obedecerle sin cuestionar.
―Yo… creí que usted… ―empiezo a decir, nerviosa―. Era pobre.
Él pestañea y aclara su garganta como si se hubiera ahogado con algo. Su entrecejo se aprieta y de repente, sonríe, luego, se carcajea confundiéndome.
―¿Qué si soy pobre? ―Suelta incrédulo.
Asiento con mi cabeza.
―Por supuesto… ¿Qué te hace pensar lo contrario? ¿O pensabas casarte con un millonario? Eres una cazafortunas ¿Verdad? ―pregunta con una sonrisa ladeada, cargada de desprecio
―No dije eso, es que… me comunicaron eso y veo este lugar, parece de una persona con dinero.
―Oh… este es solo… el lugar que me prestaron para firmar el contrato matrimonial ―dice de repente―. Pero como mi estatus es deprimente, el tuyo también lo será, tenlo por seguro.
Siento que el suelo se mueve bajo mis pies.
―Disculpe, nadie me dijo quién era usted ―Me defiendo―. Solo me dijeron que debía presentarme.
Él me observa durante unos segundos eternos. Sus ojos recorren mi rostro, ve mi vestido sencillo y mis manos tensas. Quizás ve el cansancio. Pero eso no suaviza su expresión.
―Siempre dicen lo mismo ―dice al fin―. Ignorancia conveniente.
Entramos al edificio. El silencio es pesado, incómodo. Camino detrás de él, sintiéndome fuera de lugar, pequeña, como una intrusa en un mundo que no me pertenece.
En una sala elegante, un abogado nos esperaba con los documentos listos.
―Señor Ivanov ―saluda con respeto el ejecutivo―. Todo está preparado.
Levanto la cabeza de golpe. ¿Ivanov? El apellido le resulta desconocido… pero la forma en que él lo lleva parece peligrosa. Leo el nombre de mi futuro esposo, Adriano Ivanov, toma la pluma sin mirarla siquiera. Firma cada hoja con movimientos firmes, seguros. No duda. No pregunta.
Cuando termina, empuja los papeles hacia mí.
―Firma.
―¿Así… sin más? ―pregunto, con la voz temblorosa―. ¿No quiere hablar… de lo que esto significa?
Él levanta la mirada lentamente.
―Significa que su familia consiguió exactamente lo que quería y están cumpliendo con la deuda que negoció mi padre con el suyo; una esposa ―dice tajante―. Dinero.
Siento sus palabras como una bofetada, el estómago se me aprieta.
―No lo hago por dinero ―susurro.
Los labios de Adriano se curvan apenas.
―Claro que sí.
Tomo la pluma y firmo luego de pasar saliva. No porque quisiera. Porque no tengo elección.
Cuando termino, él se coloca de pie.
―Prepárate ―dice repente, sin suavizar el tono―. No soporto que me molesten. Te llevaré a nuestro hogar. A la granja familiar, espero no escuchar quejas del polvo o el olor, esta será tu vida ahora, no un jodido cuento de hadas ―gruñe con frialdad.
Arrastra su mirada de mí como si detestara solo mirarme. Un nudo se me cruza en la garganta cuando le veo alejarse, con el corazón desbocado. Pestañeo y disimulo ante las personas presentes las ganas de llorar que se me acumulan. “Esta es mi vida ahora” lo repito en mi cabeza. Salí de una cárcel para entrar en otra y no sé cuál será peor.
Recién entonces entiendo una verdad aterradora: No solo me he casado con un hombre pobre. Me he casado con alguien que me odia… sin siquiera conocerme. Y ese odio promete cobrar su precio.







