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El sonido de la máquina cardíaca es lo único que demuestra que mi padre sigue vivo. Estoy de pie junto a la cama del hospital, con las manos entrelazadas tan fuerte que me duelen los dedos. El monitor marca un ritmo lento, inestable. Cada pitido parece ser una advertencia.
Acaricio una de las manos de mi padre. Los ojos se me escuecen al verlo así, todo por un accidente, ahora, la casa que él forjó se ha convertido en mi prisión gracias a su esposa y mi hermanastra. Me tratan con desprecio, recordándome a cada momento la desgracia en la que se ha convertido mi vida. Me encuentro sola.
―Papá… ―murmuro, la voz se me rompe―. Tu esposa es una mujer cruel y su hija… es igual, lo único que me ata a seguir bajo su yugo eres tú, no puedo dejarte en manos de esas mujeres, por favor, despierta, no importa la mansión, el dinero que se han despilfarrado. Yo puedo buscar un mejor empleo y viviremos en otro lugar ―suplico, el sollozo se me escapa sin poder evitarlo más.
Pego mi frente de su mano dejando que las lágrimas fluyan por mis mejillas.
Cuando de repente, entra el médico a cargo de mi padre. Barro las lágrimas incorporándome, disimulando mi aspecto y le miro, esbozo una sonrisa que se me borra ante el semblante del médico.
―¿Ocurre algo con mi padre? ―Pregunto asustada.
Él resopla.
―Bianca, lo lamento, pero el hospital está solicitando una garantía de pago ―responde el médico, desviando la mirada, quizás con vergüenza―. De lo contrario, el hospital no podrá seguir cubriendo los gastos y lo desconectarán. Sé que tu padre podrá despertar y regresar a su antigua vida, sus órganos funcionan correctamente igual que sus signos vitales, es cuestión de esperar. Pero los días aquí tienen un costo alto y su seguro ya no lo cubre.
Paso saliva y mis ojos se abren.
―Por favor… ―susurro―. Denme unos días más.
El médico suspira, incómodo.
―Lo máximo que puedo conseguirte es cuarenta y ocho horas ―declara con seriedad.
Asiento con mi cabeza.
―Gracias, Doctor ―murmuro.
Él me da un asentimiento con una mueca en sus labios y sale de la habitación. Mi cuerpo cae en el sillón al costado de su cama, cubro mi rostro sintiendo cómo el mundo se me viene encima. Mi padre corre peligro por culpa de su esposa, de Laura, ella se ha malgastado el dinero de mi padre en lujos y una vida muy costosa, sin importarle nada.
Cuarenta y ocho horas. Solo tengo eso para conseguir el dinero. ¿Cómo haré eso posible? Mi sueldo de mesera no me da las cuentas, además de que Laura se encarga de quitármelo. Miro a mi padre sintiéndome terriblemente asustada de perderlo, ahora esta vez para siempre.
Esa noche, al volver a la mansión que ya no siento como mi hogar, luego de mi turno de mesera, saco las propinas colocándolas en el sobre para entregárselo a mi madrastra, tal y como siempre me lo ordena. Tomo ahora el delantal para limpiar, el pañuelo y los guantes.
Desde que no tenemos dinero suficiente, todo el personal ha sido despedido obligándome a mí a tomar el puesto de la sirvienta.
Limpio uno de los espejos viendo mi reflejo en él, mi piel morena igual a la de mi madre y mis ojos verdes como los de mi padre, soy una mezcla de ambos, o eso pude notar en las fotos de mi madre antes de falleciera el día de mi nacimiento por complicaciones con el parto. Mi rostro refleja el cansancio y la tristeza.
Escucho de repente unos tacones golpetear el suelo, giro mi rostro, vislumbrando a Cassandra, mi hermanastra. La odiosa rubia engreída que se cree princesa y que por eso debo de servirle. Lleva una taza de café en su mano y con una sonrisa maliciosa, la vierte de repente en el suelo que acabo de limpiar.
―Oh no, creo que tendrás que limpiar eso también ―dice riéndose.
Me tenso, aguantándome.
―Límpialo tú ―digo al ver cómo piensa irse sin más.
Su mirada me observa con desconcierto.
―¿Qué has dicho?
Cruzo mis brazos.
―Que lo limpies tú. Lo hiciste a propósito, no voy a limpiarlo ―respondo con mi corazón palpitando con fuerza.
―Insolente, tú eres la sirvienta.
―¡No lo soy! ―replico―. Esta casa es de mi padre, yo crecí aquí, no tú.
Corta la distancia de repente y me levanta la mano, misma que detengo antes de que intente abofetearme. Ella abre los ojos sorprendida y le lanzo el pañuelo en el suelo.
―Procura no ensuciar tu lindo atuendo ―menciono.
Hago ademán de irme.
―¡Eres una zorra patética! ―Exclama y me patea por detrás de la pierna mientras sujeta mi cabello provocándome un quejido de dolor y empujándome al suelo.
Caigo de rodillas, ensuciando mis manos con el café. Escucho su carcajada malvada y mis ojos se escuecen de la rabia.
―Siempre serás una pobre sirvienta para mí, Bianca Morales ―manifiesta con desprecio mirándome y se va, dejándome humillada en el suelo.
Limpio mis manos y entre lágrimas de frustración, seco el suelo. Cuando de repente, siento una mano acariciar mi espalda. Me sobresalto, girando mi rostro para observar al amante de mi madrastra, un hombre extraño, mirada oscura e intenciones que me ponen incómoda con su presencia. Paso saliva al verle.
―Tranquila, solo pretendía ayudarte ―menciona con una sonrisa―. Una chica tan hermosa como tú no debe de estar limpiando el suelo ―acota clavándome su mirada.
Respiro profundo.
―No necesito ayuda ―murmuro levantándome del suelo.
―Espera, Bianca. ―Me sujeta del antebrazo con fuerza atrayéndome a él. Mis ojos se abren cuando acaricia con su otra mano mi mentón.
―No sé por qué eres grosera conmigo… me he comportado como un caballero ante ti y solo recibo rechazos de tu parte.
―Eres el amante de mi madrastra, mi padre está en coma mientras tú duermes en su cama. No obtendrás más que desprecio de mi parte y… suéltame ―pido forcejeando.
Su entrecejo se aprieta.
―El que coloques resistencia lo hace más divertido. Puedo enseñarte cómo es un verdadero hombre, no como esos sujetos a los que sueles darles tu atención ―dice provocándome repulsión. Abro los ojos y le empujo, abofeteándole con fuerza. Mi pecho sube y baja por mis respiraciones.
Él me observa con odio dando un paso hacia mí con sus manos en puños y con la intención de golpearme.
―¿Sucede algo aquí? ―Pregunta inesperadamente, Laura, apareciendo. Él se detiene.
―No, solo estaba diciéndole a Bianca que debe de limpiar mejor ―gruñe él.
Ella me observa.
―Aparte de estúpida, eres incompetente ―dice ella con desprecio―. Tráeme el té a la sala. De inmediato ―ordena.
No lo pienso dos veces y me doy la vuelta, yéndome con las ganas de llorar atravesadas en mi garganta.
Al entrar a la sala, con la bandeja de plata en mis manos y el té, encuentro a mi madrastra sentada en uno de los sillones, elegante, tranquila… como si no estuviéramos al borde con las deudas económicas. Dejo la bandeja y hago ademán de irme.
―Tenemos una solución, sobre lo que comentaste de tu padre y el hospital ―dice deteniéndome, cruzando las piernas con elegancia―. Aunque no te va a gustar.
La miro con el corazón acelerado. Entra Cassandra a la sala, ahora ambas me observan.
―¿Qué solución?
Canssandra sonríe desde el sofá, con una mueca cargada de desprecio.
―Te vas a casar ―dice mi hermanastra.
El aire de repente me falta.
―¿Qué…? ―Pestañeo desconcertada.
―Existe un fideicomiso que tu padre firmó hace años ―explica mi madrastra―. Solo se activa si tú contraes matrimonio con un hombre en específico. El dinero cubrirá la deuda del hospital… y algo más.
―No voy a hacerlo. ―Me rehúso con la voz temblorosa―. No pueden obligarme.
Laura se levanta y camina hacia mí lenta, calculadora. Mientras su mirada fría se clava en mi rostro.
―Claro que podemos. Porque si no aceptas… mañana mismo autorizaré que desconecten a tu padre.
El silencio es brutal, se me eriza la piel de miedo. Siento que algo dentro de mí se rompe. Trago con dificultad, no tengo otra salida, es la vida de mi padre y si esto… lo salvará, debo de hacerlo.
―¿Con quién me casaré? ¿Quién es el hombre? ―pregunto al fin, derrotada.
Cassandra se encoge de hombros.
―Nadie importante. Un hombre heredero de una granja familiar, feo y sin dinero… prácticamente un don nadie.
Cierro los ojos al escucharle. Si este es el precio por mantener a mi padre con vida…
lo pagaré.






