—Llévame a alguna habitación. —Mi voz era como el humo—. Ahora.
—¿Eso es lo que quieres?
—Sí. —Más que nada en el mundo. Me las arreglé para asentir y sus hábiles dedos me recompensaron con otra caricia amorosa—. Date prisa.
Me mordisqueó el labio inferior.
—¿Mi esposa lo ordena?
—Sí. —Por Dios, sí.
—¿Es que ahora soy tu humilde servidor?
Retrocedí. Había cierto brillo diabólico en sus ojos. Incluso si hubiera querido responder, mi respuesta se habría perdido en su siguiente beso.
Ambos