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Maya no podía imaginar qué habría sido de ella si no hubiera conocido a Robin en su primer día en España. Debía admitir que tanto él como Nathalie la habían ayudado a sobrellevar su soledad y a hacer de cada día algo más llevadero.
—Oh, por cierto, ya pedí los platos, pero si quieres agregar algo, dime —dijo Robin.
—No, está bien así —respondió Maya con una sonrisa. Luego, miró a sus amigos con curiosidad—. Entonces, ¿cuáles son las buenas noticias? ¿Por qué estamos aquí?
Observó atentamente a